martes, 14 de septiembre de 2010

14.09.2010 una relación muy contraindicada

Nastassja Kinski, diva de los 80, posando para Richard Avedon con una serpiente, una relación muy contraindicada.
Quizás las serpientes, entre otras muchas cosas, despierten una fascinación precisamente por eso, por el peligro, por el veneno, por saber que cuanto más se acercan más peligro corremos, pero aún así nos encanta sentir el tacto frío de sus escamas. Una fiera que, por mucho que le pese a Shakespeare, no puede ser domada. Aún sabiendo que nunca podremos amansarla, nos encanta su osadía, y su atrevimiento, su licencia, su privilegio de ser una bestia. Nos gusta sentirla en el equilibrio entre el bien y el mal, guardando una moderación, pero conscientes del riesgo de dañarnos, de autodestruirnos. Y esa autodestrucción puede ser lo que más nos seduce, elegir cuándo saltamos y con quién nos tiramos. Ese beso de serpiente, que no es un beso, sino puro veneno sin antídoto conocido. ¿Podemos llegar a desearlo sabiendo lo desaconsejado que está? . ¿Podemos incluso acercarnos tanto a la serpiente como para que nos estrangule? SÍ.
Sentimos llevar las riendas de nuestras vidas cuando tomamos decisiones límites, que nos pueden llevar a la ruina, o a la gloria. Nos cuesta acercarnos a la serpiente, pero cuando lo hacemos nos sentimos vivos al cien por cien. ¿Qué queremos sentir? ¿Manejar la situación domando a una bestia? ¿Jugar en la cuerda floja? ¿Poner la mano en el fuego? Antes de saber lo qué queremos tenemos que saber hasta dónde estamos dispuestos a ceder, cuál es nuestro límite, qué estamos dispuesto a sacrificar. Si antes no lo has hecho, estás perdido.
Nos gusta jugar con fuego, acercarnos a serpientes, y apostar a doble o nada, pero antes de tirarnos a la piscina, deberíamos ponernos unas leyes.