Qué dulce es cumplir 16, y qué agridulce cuando ya son más de 20 y más de 30. Cuando ya has vivido tus primeros (y no tan primeros) fracasos, y te das cuenta de que desafortunadamente las metas que pusiste no son para tí, no eres tan capaz como creías, ni tan guapo como pensaban tus padres, ni tan listo como decían tus profesores.
No le puedes echar la culpa a la mala suerte, o que a otros les fue mejor. La mala suerte no existe, la mala suerte no puede justificarte, y la mala suerte es un sinónimo de inmadurez. Como excusa puede servirte, pero no va a cambiar la vida que "sin querer" y "por mala suerte" se tuerce cada vez que pestañeas.
Ideal momento para saldar cuentas, pagar facturas simbólicas, y hacer balances morales. Ponerte propósitos nuevos, y metas más "a tu altura". ¿Pero cómo que propósitos nuevos? Son los mismos propósitos de siempre, formulados de distinta manera porque ni siquiera somos capaces de reconocer que no hemos sido capaces año tras año de cumplir ni uno. ¿Objetivos "a tu altura"? ¿Quiere decir que abandonamos el idealismo, y nos adaptamos al conformismo?
Además del conflicto interno que tienes, está la parte de familia y amigos que atosigan, y preguntan si vas a celebrarlo. Qué coño! No te preguntan si vas a celebrarlo, dan por hecho que hay que celebrarlo. Cada vez que vibra el móvil, momento pánico, ah no, joder menos mal, es un SMS de Movistar. A ver cómo explicas a tus amigos, que por un año más sigues sin tener dónde caerte muerto, que no les puedes invitar ni a una caña en el Museo del Jamón, y que si te van a regalar algo que te lo ingresen en el Santander Hispano.
Los días antes de tu cumpleaños decides quedarte en casa y dedicarte a violar la nevera poco a poco, hasta que se vacía y llega el momento de bajar al Mercadona. Mei-dei, momento de ver la luz del día, y encontrarte con algún gracioso que te pregunte que qué se siente al ser más viejo o algún otro derroche de originalidad. Bueno, como todo tiene solución, por primera vez haces la compra online, te cuesta pero parece que tienes todo. Mandas que te la traigan a casa y lo primero que hace el transportista es...rallarte el parqué. Adiós, no me quedan ganas de vivir, y si encima dañas lo único que me queda, que es mi núcleo, mi espacio vital, mi casa.
Te pasas a Karina por el coño y abres el baúl de los recuerdos, y te pones a ordenar sentimientos antiguos y nuevos, además de compararlos e intentar medirlos. De repente te viene un tsunami de lágrimas y no sabes qué hacer con ese gazpacho sentimental, si guardarlo en el frigorífico, o mezclarlo con somníferos estilo Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios.
Precisamente por eso se celebran los cumpleaños, para huir de la fecha, del número, y de la edad, y estar distraído con seres queridos. Que no nos dejen hacer un historial de lo que tuvimos y lo que perdimos, de lo que podríamos haber hecho y no hicimos, qué es lo que esperabas de tí mismo y qué es lo que realmente has conseguido. Y si de todas formas te vas a emborrachar, que sea en plan festival, y no en plan destrucción. Que el rimmel corrido en la bañera queda muy dramático, por no decir emo...
Además del conflicto interno que tienes, está la parte de familia y amigos que atosigan, y preguntan si vas a celebrarlo. Qué coño! No te preguntan si vas a celebrarlo, dan por hecho que hay que celebrarlo. Cada vez que vibra el móvil, momento pánico, ah no, joder menos mal, es un SMS de Movistar. A ver cómo explicas a tus amigos, que por un año más sigues sin tener dónde caerte muerto, que no les puedes invitar ni a una caña en el Museo del Jamón, y que si te van a regalar algo que te lo ingresen en el Santander Hispano.
Los días antes de tu cumpleaños decides quedarte en casa y dedicarte a violar la nevera poco a poco, hasta que se vacía y llega el momento de bajar al Mercadona. Mei-dei, momento de ver la luz del día, y encontrarte con algún gracioso que te pregunte que qué se siente al ser más viejo o algún otro derroche de originalidad. Bueno, como todo tiene solución, por primera vez haces la compra online, te cuesta pero parece que tienes todo. Mandas que te la traigan a casa y lo primero que hace el transportista es...rallarte el parqué. Adiós, no me quedan ganas de vivir, y si encima dañas lo único que me queda, que es mi núcleo, mi espacio vital, mi casa.
Te pasas a Karina por el coño y abres el baúl de los recuerdos, y te pones a ordenar sentimientos antiguos y nuevos, además de compararlos e intentar medirlos. De repente te viene un tsunami de lágrimas y no sabes qué hacer con ese gazpacho sentimental, si guardarlo en el frigorífico, o mezclarlo con somníferos estilo Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios.
Precisamente por eso se celebran los cumpleaños, para huir de la fecha, del número, y de la edad, y estar distraído con seres queridos. Que no nos dejen hacer un historial de lo que tuvimos y lo que perdimos, de lo que podríamos haber hecho y no hicimos, qué es lo que esperabas de tí mismo y qué es lo que realmente has conseguido. Y si de todas formas te vas a emborrachar, que sea en plan festival, y no en plan destrucción. Que el rimmel corrido en la bañera queda muy dramático, por no decir emo...