No puedo estar más de acuerdo con la clásica expresión de "la belleza está en el interior". Puedes tener unos rasgos perfectos, unas proporciones áureas, una juventud deslumbrante, una simetría babilónica, pero nada de eso garantiza tener ese "je ne sais quoi" tan cautivador y atractivo. En cambio, puedes no seguir ningún canon de belleza, e inexplicablemente resultar arrebatadora. Son esas las personas que nos fascinan y que ejercen un enigmático magnetismo sobre nosotros. La sensualidad, la simpatía, la congruencia, la creatividad, la inteligencia, la gracia, la integridad, la sensibilidad, o la personalidad, se revelan mucho más seductoras que una nariz perfecta, unos labios carnosos, o un cutis inmejorable. Prueba de ello son modelos como Lindsey Wixson, Daphne Groeneveld, o por supuesto, Kate Moss. Ninguna de ellas respeta los ideales de belleza clásicos, pero gozan de un aura de hechizo que nos embelesa y nos obnubila. Ya quedaron atrás los cánones que dictaban qué era bello y qué no. Ahora es momento de disfrutar de esta libertad, y presumir de nuestras arrugas, nuestras canas, esos kilos de más, nuestras espinillas, nuestra ortodoncia, nuestras estrías, al fin y al cabo de lo que hasta ahora se habría considerado un defecto genético. Es sorprendente cómo la seguridad en uno mismo es mucho más atractiva que una 90-60-90, unos abdominales de acero, o una melena de aúpa. La belleza no está en la perfección, si no en la naturalidad.
La belleza no tiene normas.






